Incienso, euros y la trastienda de la Semana Santa: el milagro económico de la fe

Publicado el 22 de abril de 2025, 0:37

Del Domingo de Ramos al de Resurrección, Sevilla volvió a convertirse en escenario de la Semana Santa 2025. Tras el esplendor de las procesiones, quedaron también expuestas las tensiones de una celebración masiva: saturación urbana, toneladas de basura, comercios bajo amenaza de multa y una escalada de precios que convirtió el casco antiguo en territorio de exclusividad.

 Ph: Raúl Caro - EFE

El Domingo de Ramos amaneció calido y soleado, en una ciudad que suele despertar con calma, las calles se transformaron desde muy temprano en un auténtico hormiguero. El centro llevaba cerrado al tránsito diez días por el montaje de las vallas para la Carrera Oficial, ese recorrido obligatorio hacia la Catedral por el que las distintas hermandades religiosas exhiben su devoción abriéndose paso entre la multitud. Para el peatón, transitar por los escasos corredores dispuestos generaba una inevitable sensación de estar atrapado en un laberinto milimétricamente calculado.

Estacionar en el Casco Antiguo fue, durante toda la semana, una misión imposible, incluso para los residentes. Las advertencias de retirada de grúa empapelaban las calles por un motivo innegociable: había que despejar las calles para dejar pasar a los "Pasos". Estas monumentales plataformas de madera, que escenifican pasajes de la Pasión de Cristo entre velas y coloridos arreglos florales, avanzan gracias al esfuerzo invisible de los costaleros. Estos hombres cargan toneladas de peso desde abajo, ocultos bajo los faldones del altar rodante, dejándose el cuello y los hombros en cada maniobra.

Delante de cada Paso, la procesión se anunciaba con la llegada de los nazarenos, penitentes inconfundibles bajo sus túnicas y capirotes cónicos. Algunas hermandades desplegaron más de 400 nazarenos, acercando el total de participantes a casi mil personas, sin contar al público. Con semejante despliegue cortando las arterias de la ciudad, los coches pasaron a ser una molestia prescindible.

La Hermandad de la Sagrada Cena el Domingo de Ramos en Sevilla Europa Press/ Ph: Joaquín Corchero

Los efectos colaterales de este fenómeno no se hicieron esperar. Los comercios debieron adaptarse: algunos bajando la persiana ante la imposibilidad de operar con normalidad, y los que abrieron al paso de las cofradías, lo hicieron en penumbras para no quitar protagonismo a las imágenes, bajo estricta amenaza de multas de hasta 120.000 euros. La hostelería, por su parte, demostró una fe inquebrantable en el libre mercado; las cartas se redujeron para agilizar los despachos, pero los precios emprendieron su propia ascensión a los cielos. Todo se volvió, previsiblemente, más caro.

Si algo quedó claro este año es que nada ni nadie se interpondría en el camino. Ni siquiera la naturaleza: las ramas de los árboles de la Plaza del Duque descubrieron su fragilidad cuando los bomberos locales debieron podarlas a las apuradas en plena procesión para que la altura del Cristo de la Buena Muerte pudiera transitar sin arañazos. A pesar de que el Lunes y el Martes Santo la lluvia y un breve granizo obligaron a algunos pasos a buscar refugio apresurado en iglesias y edificios públicos, pocos abandonaron su banquito plegable en la calle. La esperanza de un cielo despejado mantuvo al público atrincherado en los bares, a la espera.

Para el Miércoles Santo, la maquinaria urbana empezaba a chirriar. Aunque los servicios de limpieza de la empresa Lipasam habían reforzado su plantilla superando los 800 operarios, la devoción generaba toneladas de residuos. Los contenedores colapsaban en un abrir y cerrar de ojos, las calles crujían bajo una alfombra de cáscaras de pipas y un sutil pero persistente olor a orina comenzaba a competir tenazmente con el incienso.

El Cristo de la Buena Muere en la Plaza del Duque

Nazarenos de La Paz. /Ph: Javier Cuesta

Entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascuas, Sevilla vive una transformación intensa entre el fervor religioso que se mezcla con el atractivo turístico el cual creció notoriamente.

La llegada del Jueves Santo y la esperada “Madrugá” desdibujó las líneas entre la vigilia espiritual y el fiesta terrenal. Desde la medianoche hasta muy entrado el día, las procesiones se encadenaron. Antonio, dueño de un bar en la Alameda de Hércules, resumió la situación explicando que, aunque es el día de mayor facturación, también es el más caótico, ya que al extender el horario habitual una o dos horas, el consumo incesante de alcohol de la gente hace que el desmadre sea inevitable.

El contraste rozó lo teatral en la Plaza del Duque, abarrotada por una multitud que ocupaba cada rincón. A la una y cuarto de la madrugada, con el termómetro marcando apenas 13 grados, el frío no podía hacerle frente al calor humano de quienes llevaban horas esperando para ver uno de los pasos más emblemáticos: el del Cristo del Silencio. El habitual bullicio sevillano enmudeció por decreto. En un silencio casi sepulcral, miles de miradas seguían la talla a la distancia. Lo único que rompía la quietud era el crujido metódico y compulsivo de las pipas de girasol bajo los dientes de los fieles.

El misticismo tuvo su cuota de sobresalto a las dos y media de la madrugada, cuando una pequeña deflagración en un registro eléctrico subterráneo en la esquina de Relator y Feria dejó un herido leve. El incidente, que obligó a la Hermandad de la Macarena a alterar su itinerario de regreso, ilustró que, a veces, la infraestructura terrenal no soporta la magnitud del evento.

Durante el Viernes y el Sábado Santo, la multitud se desbordó. Las altas temperaturas hicieron su entrada triunfal, multiplicando la incomodidad en una ciudad donde la basura ganaba terreno en las calles. Ni el azahar ni el incienso alcanzaban ya para disimular el olor a alcohol y orina de una celebración que, entre el fervor religioso y el desborde, dejaba también su huella sobre el mobiliario urbano.

El Domingo de Pascuas aterrizó con una lentitud sofocante. Mientras la ciudad intentaba digerir los excesos de su semana mayor, los primeros coches volvieron a asomar por los barrios, marcando el retorno de una normalidad apática e indiferente.

Mercantilización de la fe: ¿Cuánto cuesta ser parte de la tradición?

La Semana Santa sevillana, en su deslumbrante esplendor, ha logrado transformar la fe y la tradición en una maquinaria comercial que, cada vez más, exige mayores inversiones para formar parte del espectáculo. Desde los Nazarenos hasta los Costaleros, la devoción se ha convertido en un producto de lujo, donde lo que antes era un acto de fe, ahora se traduce en una transacción económica de alto calibre.

Miguel y María, propietarios de una histórica tienda de túnicas y capirotes, confirmaron que ser nazareno o costalero no es barato. Según precisaron, los trajes de los primeros pueden ir desde los 200 hasta superar los 500 euros, mientras que el atuendo completo para los segundos ronda los 120 euros, siempre dependiendo de la estética de cada hermandad. A la vestimenta hay que sumarle la cuota anual que cada "hermano" abona a su congregación, que oscila entre los 60 y 100 euros, lo que les da el derecho a formar parte del cortejo.

Para el espectador, la exclusividad también cotizó en alza. Las sillas y palcos de la Carrera Oficial oscilaron entre los 90 y los casi 1.000 euros. Observar los pasos desde las alturas fue un lujo aún mayor: el alquiler de balcones privados entre los 2.000 y los 12.000 euros por semana, dependiendo de la ubicación, mientras que los departamentos turísticos y hoteles multiplicaron hasta por cuatro sus tarifas habituales.

La Semana Santa de Sevilla, en su esplendor y su caos, volvió a construirse como una hipnótica amalgama entre la tradición y el consumo. Pero, incluso entre el exceso de turistas, la cera petrificada en el asfalto y los alquileres a precio de oro, latió el pulso de una ciudad que sigue siendo un epicentro de religiosidad y pasión. Al final, quedó demostrado que en Sevilla, la fe mueve montañas… y también unas generosas montañas de euros.