El regreso de la Orquesta Típica: Guillermo Fernández presenta su nuevo álbum independiente

Publicado el 14 de abril de 2024, 0:48

Guillermo Fernández celebra seis décadas en el tango con "El Cantor de Tangos", un disco grabado con una orquesta típica de 16 músicos. En una charla íntima, repasa sus inicios a los seis años, sus charlas filosóficas con el "Polaco" Goyeneche y el día en que una letra le dolió tanto que lo obligó a dejar de cantar.

Ph: Nicolás Fong

Guillermo Fernández es una de las voces más emotivas y vigentes del tango argentino. Con 60 años de trayectoria, su historia es un puente vivo entre el presente del género y las leyendas de la época de oro. Creció y se formó al lado de gigantes como Aníbal Troilo, Roberto Grela y el "Polaco" Goyeneche. Hace poco  lanzó su nuevo álbum, El Cantor de Tangos, un trabajo obsesivo, autogestionado y fiel al sonido potente de las orquestas de los años 60. En este diálogo, nos abre las puertas a sus recuerdos, sus pasiones y el peso de las palabras que canta.

El nuevo disco: autogestión y el regreso de la Orquesta Típica

Acaba de salir tu nuevo álbum, El Cantor de Tangos. Tiene nueve canciones y cuatro son tuyas. ¿Cómo fue el proceso de selección y composición del disco?

Llevó bastante tiempo entre los arreglos, juntar la plata, la grabación y la edición. Terminó siendo en mi casa porque no tenía el dinero para editar en un estudio. Además, como soy muy obsesivo, le dediqué al menos 300 horas de edición. En cuanto a la selección, había temas que siempre había querido grabar y por diferentes circunstancias no lo había hecho, como Tormenta, Desencuentro y Barrio Pobre. Este último siempre me gustó, pero no le encontraba el arreglo; me sonaba un poco guitarrístico, como lo grabaron Gardel o Nelly Omar. Yo quería encontrar la forma de que sonara orquestal.

¿Qué te hace elegir un tema para grabarlo? ¿Te guía más la letra o la música?

Mayormente las letras. En el caso de Barrio Pobre fue justamente eso: la historia que cuenta su autor, Francisco García Jiménez, uno de los grandes escritores e intelectuales de la época. El tema habla de un tipo que se sentía orgulloso de haber nacido y criado en la pobreza. Vuelve al barrio ya con una buena vida y recrea su amor de juventud cuando dice: “detrás de aquella ventanita que han cerrado, la clavelina perfumada de un querer…". Al ver el amor de la gente, el tipo se pone a llorar porque encuentra el valor de la pertenencia; descubre que uno nunca se va de ese lugar, sino que se lo lleva consigo.
Cuando lo analicé dije: "Esta letra es diferente".

Para este trabajo elegiste una Orquesta Típica de 16 músicos. ¿De dónde nació esa idea?

Quería revivir el sonido de una Orquesta Típica de los años 60. La diferencia con la década anterior es clave: entre el 40 y el 50, las orquestas eran una máquina y el cantor era un engranaje más de esa estructura. A partir del 60, el cantor tomó un protagonismo muy especial y las orquestas se armaban para acompañarlo. Cambió el concepto. Eran formaciones muy potentes, poderosas: cuatro bandoneones, seis violines, violas, cello, piano y contrabajo. Muchas de ellas no fueron tan masivas, como las de Juan José Paz o Armando Cupo, o la de José Libertella y la del mismísimo Leopoldo Federico que acompañaba a Julio Sosa. Todas tenían mucho tango y se ponían en función del cantor. Empecé a hacer los arreglos bajo ese concepto.

Los inicios de un niño prodigio

Tu trayectoria arrancó a los seis años, cuando debutaste en Canal 7 (hoy la TV Pública). En ese momento, ¿cómo fue que un chico tan chico empezó a cantar tango?

Fue algo fortuito. Fui a probarme a Canal 7 y el director artístico de entonces, Héctor Ricardo García, me dijo: "Bueno, cantate algo, pibe". Canté una canción de Raphael, que estaba de moda, y me cortó: "No, eso no, cantá otra cosa". Canté una zamba de Los Quilla Huasi y otra vez: "No, eso no". Como yo sabía algunos tangos, probé con uno. Cuando me escuchó las primeras tres frases, me dijo con mucha fuerza: "¡Eso es lo que tenés que cantar!". A partir de ahí me puso en todos los programas. Yo era parte de un grupo de chicos estilo Canta Niño que se llamaba Los Nueva Olitas, pero me especialicé en el tango y nunca más salí de ahí. De alguna forma, toda mi vida fue llevada por el destino; nada fue planificado.

Crecer entre gigantes: de Troilo al "Polaco" Goyeneche

Te tocó crecer en una época difícil para el género (fines de los 60 y los 70), con el cierre de los cafés de la calle Corrientes, la muerte de Julio Sosa y el boom de Los Beatles. Sin embargo, estuviste rodeado de figuras míticas en programas como Grandes Valores del Tango o La Botica del Tango. ¿Cómo fue formarte entre personalidades como Aníbal Troilo, el "Polaco" Goyeneche o Roberto Grela?

Para mí era maravilloso estar ahí. A los 15 años empecé a estudiar con Troilo, tomé clases de guitarra con Roberto Grela, armonía e instrumentación con Sebastián Piana, y canto con Alberto Marino. Después seguí con el maestro Ricardo Catena, que era barítono del Teatro Colón. Siempre estuve con ellos.

A los 16 años, con el "Polaco" Goyeneche hacíamos análisis de textos. Yo leía muchísimo de todo: me gustaba la ciencia, la filosofía. Al "Polaco" le encantaba eso. Como era un enfermo de las letras, las agarraba y las leía, aunque había cosas que no entendía porque solo había cursado hasta sexto grado. Me llamaba y me esperaba en la puerta de su casa con una letra en la mano: "A ver pibe, vení, vení. Esto quiero saber, ¿qué es?". Una vez me mostró la frase: "Trenzas del color del mate amargo", y me preguntó qué significaba. Me acuerdo que le dije: "Mirá, estás separando mal la frase. Es: 'Trenzas del color del mate amargo que endulzaron mi letargo gris'". Es decir, el amor de una mujer, por más amargo que sea, puede endulzar hasta los días más grises. Se volvía loco de contento.

¿Hay alguna enseñanza de esa época que haya marcado un antes y un después en tu carrera?

Sí, a los 16 años era muy amigo de Cátulo Castillo. Un día le pregunté cómo podía ser que a mi viejo, que era un adoquín y tenía solo hasta tercer grado de la escuela, le gustara un tango suyo tan intelectual, y que se emocionara y llorara al escucharlo por el "Polaco". Cátulo me miró y me dijo: "¿Por qué te parece raro?". Le contesté que me parecía una obra muy intelectual. Su respuesta me marcó para siempre: "Ahí está tu error, pibe. Yo nunca escribo para el intelecto. Yo escribo para el corazón". El tango era Una canción, un tema que mi viejo siempre me pedía que cantara.

La madurez y el peso de las palabras

¿Cuándo sentiste que finalmente "te cayó la ficha" del verdadero significado de lo que cantabas?

Me acuerdo patente. Hacía poco me había separado de la mamá de mi hija. Estaba cantando en Armenonville, un lugar que quedaba abajo del Hotel Alvear. Salí a interpretar Rondando tu esquina, un tango que ya venía cantando hacía 40 años; lo hacía perfecto y la gente siempre lo aplaudía. Pero esa noche empecé a cantar la tercera estrofa: “Qué me has dado vida mía, que ando triste noche y día, rondando siempre tu esquina, mirando siempre tu casa y esta pasión que lastima y este dolor que no pasa…”, y tuve que dejar de cantar. No pude seguir. Ahí me di cuenta de la verdadera profundidad de las letras. El tango es mágico.

Si tuvieras que elegir un solo tango para ponerle nombre a tu vida o a tu carrera hoy, ¿cuál sería?

(Suspira) Ventarrón. Porque tengo 66 años y todavía empujo igual o más que cuando tenía 30. A veces las fuerzas, el físico o la cabeza no me dan como antes; sin embargo, por dentro sigue el mismo empuje y la misma creatividad intacta. Estoy en mi mejor momento creativo.

Con el empuje intacto de un "Ventarrón" y sesenta años de escenarios a las espaldas, Guillermo Fernández demuestra que el tango no es un objeto de museo, sino un sentimiento vivo. Su nuevo trabajo, "El Cantor de Tangos", no es solo un disco más en su carrera; es el testimonio de un artista que aprendió de los más grandes de la historia y que hoy, con la madurez justa, sigue eligiendo cantarle directo al corazón. El álbum ya se encuentra disponible para revivir la potencia de aquellas inolvidables orquestas de los años 60. Un viaje musical imperdible que conecta el pasado dorado con el presente de nuestra música ciudadana.